Como parte de los principios ideológicos y axiológicos que definen la posición política de nuestro Grupo Parlamentario, hemos sostenido varias veces que una de las características indispensables de la democracia, es la transparencia con la que se conduzca el Gobierno.

No puede ser democrática una administración en la que sus integrantes no se conducen con claridad, con honestidad y con apego estricto a los hechos, sin manipulación de la información y sin verdades a medias.

No puede ser democrático, sino autoritario, un régimen cuyos líderes ejercen el poder en lo oscurito, o en los velos de la opacidad, de la simulación, de la ambigüedad y de la hipocresía

No cumplen con el deber político ineludible de la rendición de cuentas claras, si pretenden encubrir, malversar o simplemente maquillar los datos relativos a su desempeño como servidores públicos.

El Presidente López Obrador se ha definido como un político comprometido con la claridad en el ejercicio del servicio público; y como un enemigo declarado de la mentira, del engaño y de la traición.

Traigo a cuento lo anterior, porque con motivo de la pandemia que estamos padeciendo, el doctor Hugo López Gatel ha sido altamente cuestionado como responsable de la fallida estrategia gubernamental para el combate de este mal.

Pero además, este personaje, que funge como Subsecretario de Salud federal, ha sido señalado y criticado por la sociedad, porque en su calidad de vocero oficial de la Administración, no siempre se conduce con verdad meridiana.

En efecto, en sus conferencias vespertinas, pareciera que “así como nos dice una cosa, nos dice otra”; y suele no informar con la claridad, la puntualidad y la exactitud que ameritan la mayor crisis sanitaria que jamás hayamos vivido en lo personal todos los mexicanos.

Hace poco menos de un mes, el pasado 18 de julio, declaró que los miles de muertos acumulados a ese momento a causa del COVID19, han sido provocados por el “veneno embotellado” en que consisten los refrescos.

Que los fallecidos, a ese momento, que ya ubicaban a nuestro país en los primeros lugares del ranking mundial de defunciones y letalidad, eran causados por la alimentación heredada del “periodo neoliberal” y la industria de los alimentos procesados.

Lo manifestado por el señor López Gatel en parte es cierto, pero en parte es falso; y los datos parciales, las informaciones sesgadas, maquilladas y tendenciosas, que entrañan verdades a medias y por lo tanto mentiras a medias, son igual o más perniciosas que las falsedades completas.

Es verdad que, según lo han publicado los especialistas en la materia, el COVID-19 se vuelve más riesgoso para la vida de los contagiados cuando se presentan los llamados cuadros de co-morbilidad, o padecimientos crónicos con los que cursaba el paciente y que lo hacen más vulnerable al virus.

Es cierto, que una de las enfermedades que se han señalado por los expertos como factores de mayor riesgo de complicación o co- morbilidad, es la obesidad y las secuelas que provoca la misma, como la diabetes, la hipertensión y los males coronarios y cardíacos.

Es indiscutible que México sufre un grave problema a causa de la obesidad, pues de acuerdo a datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), México ocupa el segundo lugar mundial en número de obesos; y según la Asociación Mexicana de Diabetes, al menos 12.5 millones de mexicanos padecen esa enfermedad.

Somos el nada honroso campeón mundial en consumo de refrescos; además de que una de las adicciones más severas, como la de las drogas duras, es el consumo de harinas y azúcares refinados, y no es broma que muchos connacionales pudieran morir de una sobredosis de carbohidratos.

Y por más que lo quieran maquillar con estadísticas a modo, desafortunadamente somos el tercer lugar en número de muertos por COVID-19 y el octavo país en letalidad.

Es decir, que como lo sugieren varias voces de especialistas, se debiera revisar la estrategia de atención al COVID, porque, por más que las autoridades responsables quisieran minimizar el problema, esto es una catástrofe.

Esa, y no otra, es la verdad, la cual es deshonesto matizar; y al pueblo habrá que hablarle con la verdad; y no andar buscando pretextos y chivos expiatorios para lavar la imagen y eludir la responsabilidad.

Es verdad que México necesita replantear su política de salud alimentaria. Es verdad que se requiere el etiquetado de los alimentos procesados; y que se necesita de la corresponsabilidad de todos.

Lo que no es verdad, es lo que se comenzó a decir al multiplicarse los miles de muertos, que somos de los países más desastrados por la pandemia por culpa de la Cocacola, de las papas fritas, de los gansitos y de los churrumaiz

Lo falso es que todo lo que estamos padeciendo es a causa de los errores que nos heredó el modelo neoliberal del pasado, cualquier cosa que eso signifique.

Pues la verdad es que necesitamos urgentemente de la prevención y de la educación en salud alimentaria; y que desde pasadas administraciones, ello ha sido responsabilidad del Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, don Hugo López Gatel.

Desde el inicio de esta Administración nos han dicho hasta el hartazgo, con la insistencia de los propagandistas, que en el Gobierno de la República no se engaña, no se simula, no se dicen mentiras.

Pero en este asunto, en el que quieren culpar de las más de 54 mil muertes al consumo de refrescos y papitas, es más claro que el agua, que el dedo chiquito del Presidente, le quiere contar las muelas y verle la cara al pueblo sabio.

 

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